lunes, 16 de abril de 2007

LA FALSA GENEROSIDAD DE LOS OPRESORES



-¿Es correcto el diagnóstico?
-En varios puntos. Otros son discutibles y aun contradictorios
-Desde luego. Se aventuran hipótesis. Nada pretende ser definitivo.
José Emilio Pacheco.

Para la enfermedad, la locura, la mugre, la delincuencia y la miseria hemos inventado mecanismos de negación. Hospitales, asilos, manicomios, productos de aseo y cosméticos, cárceles y caridad resuelven sin alterar. Es decir, nos permiten cerrarnos al "Otro".
Por eso, cuando uno quiere saber qué quedó del otro lado de la línea, afuera de los márgenes, recurre a los lugares donde ocultamos lo que ética y estéticamente no toleramos.
En un rincón de esta aldea global, en el paisaje urbano del puerto de Veracruz, se yergue austero el albergue nocturno para indigentes del DIF Municipal. "Lo conseguimos. Se ven más limpios y bien dormidos", presumen las autoridades al celebrar el primer aniversario.
Pero la pobreza es un aspecto de la marginación, es decir, la mentada dignidad de la que hablan los Derechos Humanos, para los que la empresa caritativa aparentemente basta. Sin embargo, no es suficiente para reintegrar a los indigentes a la sociedad, apenas para que las buenas conciencias puedan dormir tranquilas.
La relación entre pobreza y marginación salta a la vista en las historias personales de quienes son clientes de este lugar. No es cuestión de dinero ni de flojera, tampoco es culpa de una persona o una institución y tal vez, por lo mismo, nadie se hace responsable.
El presente trabajo nace del material obtenido durante siete días que, a manera de experimento, pasé acompañando, como uno de ellos, a los indigentes, y surge como resultado de la inquietud acerca de la sociedad en la que estamos viviendo. Cada día a las 8 de la noche se pasaba lista y a las 7 de la mañana del siguiente salíamos a la calle a vivir de los comedores gratuitos, limosnas y trabajo temporal.
Pensé, en un principio, que sólo así sería posible rebasar la estadística y la generalización y evitar el estudio de la pobreza con excesos de sentimentalismo o brutalidad. No es lo mismo hablar sobre pobreza que hablar de pobreza. El último día confirmé que no podemos seguir hablando de ella, de exclusión y marginación sin los "Otros", creando políticas de desarrollo para ellos y no con ellos. Pero debo reconocer que el resultado es producto de una visión personal, es la percepción, que en este intento de integrarme, tuve de los "Otros". Aunque yo sólo necesitaba cruzar la calle para volver a ser la de siempre, sabía, al menos, que mi lugar en la sociedad estaba seguro. Este trabajo no puede dejar de ser una celebración de mí misma, pero es un intento, una aproximación hacia los otros a partir de lo que Heidegger llama el dasein, el ser ahí. Y en el rostro de esos seres arrojados a este mundo percibo ese no-idéntico, esa negación que termina por despertarme un insaciable apetito por la otredad, en la que Levinas funda su ética.
La mirada propia es un tamiz de subjetividad. Soy mi propio espesor histórico y social, soy mi modo de vida, soy el pensamiento de mi familia, grupo social, soy mis reglas y límites. A cada paso por estas líneas registro y ajusto cuentas conmigo misma.
Aclarado lo anterior, este ensayo se propone describir y contrastar el criterio gubernamental que define a la pobreza en un marco meramente económico y político y, por tanto, las políticas públicas de desarrollo social, frente a otro criterio que la concibe dentro de un marco cultural, con el fin de mostrar el conflicto clave en los programas de desarrollo social de nuestro país: la limitación del concepto Pobreza a un perfil simplemente económico y la falta de reconocimiento, respeto e integración de los marginados o excluidos al presumido modelo democrático de la sociedad.
Se trata de dos proyectos encontrados: uno, donde el Estado pretende la formación de ciudadanos modernos, sujetos productivos amparados por una visión positivista que impone modos de ser, frente a otra que incorpora lo particular, lo concreto, la diversidad, la libertad, la autodeterminación, alimentadas por reminiscencias y contramemorias que han sido excluidas del discurso hegemónico.
Por citar el caso más conspicuo, en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobada por la ONU el 10 de diciembre de 1948, se establece que todo individuo como miembro de la sociedad tiene derecho a la seguridad social y a obtener del estado la satisfacción básica de sus necesidades económicas, sociales y culturales. Se incluye además el derecho a la personalidad jurídica, al descanso, al trabajo digno y a la educación, a un nivel de vida adecuado que le asegure salud y bienestar. Condiciones indispensables para su dignidad y para el libre desarrollo de su personalidad.
Por tanto, la pobreza, exclusión y marginación son situaciones que coartan la libertad de todo individuo para ser, pertenecer y conducir su vida.
Pero más allá del proyecto modernizador, esta reflexión vuelve la mirada hacia nuestro derecho a cambiar al otro en aquellos casos donde la diferencia se mezcla con la desigualdad. ¿Hasta dónde tenemos derecho a establecer formas, estilos y valores de vida a los "Otros" bajo el pretexto de integrarlos a la sociedad?



EL UMBRAL, DONDE DEJAS DE SER Y PERSISTES
"El poder disciplinario, en efecto, es un poder que, en lugar de sacar y de retirar, tiene como función principal la de ‘enderezar conductas’"
Michel Foucault en Vigilar y Castigar


Hundida en la oficina, trataba de hilar los momentos que sin darme cuenta me dejaron aquí, encerrada frente a una mujer que no dejaba de hacer preguntas intimidantes, capciosas y psicológicas. No contenta con eso, me apuntaba con su cámara fotográfica disparo tras disparo, otra más para el archivo. ¿Archivo?... Yo sólo pedía un lugar donde dormir mientras reunía el suficiente dinero para volver al DF, la ciudad de la que 32 horas antes había escapado, porque ya no tenía estómago para pagar la factura que me cobraba a diario nomás por vivir ahí. Me había convertido, al igual que quienes ingresan aquí, en datos. Mi cuerpo procesado, medido, controlado por miradas disciplinarias y manos burocráticas.
Y ni modo aquí estaba, perdida en medio del sueño que me habían prometido era Veracruz, sin mi puesto de artesanía, ni mi mochila, ni cartera, ni la más mínima idea de dónde pudo haber ido el fulano que me la robó, ni las ganas de perseguirlo siquiera, ni de contestar a las preguntas que los otros formados hacían por morbo o simple curiosidad.
Media hora después por fin me dejaron pasar. La trabajadora social me dijo que sólo tenía chance de quedarme 15 días porque tenía suficiente edad y fuerza física para trabajar y conseguir rápido mi boleto de regreso. "No te preocupes -dijeron los otros- yo tengo 8 meses viviendo aquí". Menos mal, pensé al escucharlo, este lugar está permeado por estrategias de sobrevivencia.
Eran las ocho de la noche y afuera del albergue nocturno para indigentes del DIF municipal, los muchachos avanzaban en la fila maldiciendo del trabajo que no existe y cuando sí hay, pero no es suficiente, del hambre, de ellos mismos, de la ciudad con sus calles, amplias como mar, que todo el día los repelió y que al anochecer, desprecian dejando atrás.
Su bolsa por favor, pidió el vigilante, cuál bolsa si me la robaron, entonces entrégueme cualquier droga que traiga consigo, ¿los dos cigarros cuentan?, los puedes pasar, se adelantó quien más tarde se presentaría como Vicente y que había dejado un bote de thinner y su mona con el uniformado. En fila, como para ser procesados... desactivados.
"No se puede meter, pero al día siguiente me la regresan, si no, nunca volveríamos aquí y este lugar se quedaría sin clientes". La generosidad necesita en quién justificarse.
Afuera de la oficina un periódico mural sostiene entre anuncios y memorandos dos recortes de periódico: "Celebran con indigentes primer aniversario. Claudia Beltrami, presidenta del DIF municipal, afirmó que la institución ha logrado eliminar la pobreza en las calles en un 60% al albergar este mismo porcentaje de menesterosos en el albergue nocturno. Radiante y sosteniendo en brazos a un niño de la calle declaró: ‘Acabamos con los pobres al proporcionarles un techo seguro dónde dormir, al que además, ellos regresan voluntariamente cada noche’".
El segundo, tan alentador como el primero, "3.4 millones de mexicanos y mexicanas dejaron de ser pobres –a ocho columnas-. ‘En los dos primeros años de la administración la pobreza más profunda disminuyó de 24.2 por ciento a 20.3 por ciento; 3.4 millones de mexicanos y mexicanas que vivían en la pobreza más apremiante, la que impide el ejercicio pleno de las libertades y de la ciudadanía, ya dejaron esa inaceptable condición’ precisó el titular del Ejecutivo Federal, Vicente Fox Quesada. Esto, subrayó, ‘nos permite afirmar que estamos avanzando hacia una sociedad con mayor equidad’".
Leo los recortes y pienso si los "Otros" serán tan optimistas como la autoridad al presumir sus resultados a través de los medios, en este caso un espejo complaciente del poder. La encuesta, que representa el método oficial de medición de la pobreza y cuyo modelo es repetido por las autoridades del albergue nocturno, identifica a los pobres con una sola variable: el ingreso por persona (Boltvinik, 2003).
La fotografía, de engañoso realismo, sólo deja ver un instante conveniente: la sonrisa testimonio de los "Otros".
Incluso el parámetro utilizado por los programas de Sedesol se basa en dos líneas de la pobreza: canasta de bienes y servicios y necesidades básicas insatisfechas donde se incluye la carencia de calidad y cantidad de vivienda, inadecuación de condiciones sanitarias y rezago educativo. Por eso al registrarse el aumento de ingresos en 80 por ciento de los hogares de menores ingresos, la pobreza baja. Por eso, cuando las calles se ven limpias de los indigentes que antes dormían en el quicio de nuestra puerta, la pobreza se acaba. Para nosotros, para las autoridades, ellos ya no son pobres. Con la ventaja de los números como herramienta para medir los programas sociales de combate a la pobreza y la alevosía de producir su propio concepto, el gobierno se aplaude y se lava las manos. Y nosotros un tanto con ellos. Sin embargo, los Derechos Humanos superan el aspecto material del desarrollo y se fincan en el respeto a la vida y la dignidad humana.

EL BAÑO: LOS CUERPOS SE RE(V)BELAN
Previo a dormir una toalla de hotel barato y un pedazo de jabón zote me fueron entregados a la puerta del baño. Entonces entendí el ritual: antes de ir a los dormitorios todos los muchachos, ancianos, mujeres y niños dejaban bajo la regadera la mugre de la calle, el cansancio del día y quizá con mucho tino, la mala suerte que cada noche los regresaba al mismo lugar. Empezaba así el proceso de rescate: irlos amoldando a los estándares de desarrollo e integración definidos por La Sociedad.
Los baños de hombres y mujeres están ubicadas en el mismo cuarto y divididas por un medio muro que deja un hueco de casi 2 metros en el techo. En cada espacio se distribuyen las 4 regaderas sin cortinas entre ellas. Cuerpos disciplinados, apuntaría Foucault.
Dos noches atrás había llegado una señora de Chihuahua. Exquisita para los internos, entró a darse un baño. La oportunidad estaba ahí y sólo era cuestión de aprovecharla.
Dos muchachos de 16 y 17 años que estaban viendo una película de Mauricio Garcés en la televisión del patio, se apuntaron y de inmediato entraron a los baños de hombres, y mientras ellos se prepararon para trepar por el muro al espacio vacío que dejaba asomar al sitio de las mujeres, otros dos giraron las sillas para vigilar que el guardia no saliera de la oficina.
Desde afuera se alcanzaba a escuchar la caída del agua sobre el azulejo y un instante después el murmullo se interrumpió a chorros, señal de que ella ya estaba desnuda bajo la regadera.
Las modelos de la película de Garcés en minúsculos bikinis, con sus cuerpos perfectos tirados al sol, pasaron a segundo término ante la expectativa del resto de los muchachos que brincaban sobre las sillas excitados por la emoción que, desde su lugar, compartían con el par de malandrines.
Treparon hasta el final de la barda. Una vez arriba y con toda la discreción que exigía la operación secreta de la noche, se pusieron de pie, se bajaron, uno la bermuda y otro el pantalón hasta media nalga, sin respirar fisgonearon a la señora y mientras ella se tallaba con el pedazo de jabón zote que le dieron en la entrada, los dos, victoriosos, se hicieron la manuela frente al resto del grupo que desde el patio, excitados y revolcándose sobre las bancas, los observaba. Observadores a su vez observados y en cada mirada una moral distinta. La mía, inevitablemente embarrada en estas líneas.
El ambiente sexual de la calle tomó por sorpresa al lugar y calentaba con sus vapores los ánimos de la noche. Todos se rendían y la primera en caer fue la moral.
Desde el principio el ser resiste las limitaciones impuestas y ante ellas protesta a su manera. Los cuerpos, no tan dóciles, se indisciplinan, sonreiría Foucault.

EL PATIO, RINCONCITO DONDE HACEN SU NIDO…
"A recoger todos los golfos, todos los vagos. ¿Qué no te gusta trabajar? ¡A las Islas Marías para toda tu vida! Nada de dinerito y ai vienen de vuelta. Allá déjenlos. Son parásitos"
Jesús Sánchez en Antropología de la Pobreza de Oscar Lewis.

Faltaban todavía dos horas para el toque de queda, la frescura del lugar, su pulcritud rayando en lo antiséptico y la ausencia de mosquitos (muy agradecida) invitaban a quedarse un rato después del baño. Ya calmada la excitación de la flota, me quedé en el patio junto a los demás (en su mayoría muchachos, los ancianos y mujeres ya ocupaban los dormitorios) viendo las últimas escenas de la película de Mauricio Garcés, ésa donde le roban su ropa por andar persiguiendo mujeres en una playa nudista.
La única diferencia entre la operación secreta de la noche y las escenas que veíamos en la tele de 21 pulgadas, era el formato. Pinche realidad enana, el churro mexicano y los mexicanos hechos churro. El imaginario colectivo construido de los deseos, donde en buena medida interviene la mano de los medios de comunicación.
La tele está ubicada en un rincón del patio, el único lugar común en el albergue. Amplio, con mesas al centro de la construcción como las antiguas haciendas, rodeado por los dormitorios, baños y oficinas. Siempre iluminado, recordando a cada minuto que se está bajo observación.
Nos fumábamos el penúltimo cigarro Vicente y yo, cuando llegó José. Entró al albergue con dinero en la bolsa. Una noche más había logrado el contacto con el ingeniero Toño y no evitó hablar, frente al resto del grupo, de lo fascinante que le resultó el negocio.
"Ese loco es cada vez más ganso, hoy me soltó 300 varos por coger con la Mónica y como andaba de buen humor hasta jacuzzi y cama de agua nos tocó en el hotel. Nombre vieja, los platos de coca puestos sobre la mesa y un guato de comida, ya sabes, nomás planchar frente a él y dejar que se masturbe tantito con nuestro show".
El "ingeniero Toño" vive, con su trabajo, dinero y seguridad, en un lado de la línea; José araña el otro extremo. Pero en las cosas simples, en lo más humano y concreto del ser, ambos son iguales, ambos son excluidos. No hay extremos ni diferencias. La línea se vuelve invisible y, en igualdad de condiciones, unos a otros nos damos en la madre.
También los Derechos Humanos se pisotean unos a otros, entran en conflicto y toman sentidos diferentes en cada práctica específica.
Me salta desde el recorte de periódico el concepto de pobreza manejado por la autoridad y calculo que nada tiene que ver con esta realidad que aquí se presenta, donde es evidente su relación con la cultura, la marginación, la exclusión y el rechazo a los "Otros", los diferentes.
José no sabe hasta cuándo le durará el dinero que le pagó Toño y desconoce si tendrá trabajo mañana, pero eso no importa cuando se cuenta con la exclusiva de actor porno en vivo para un ingeniero, que además de homosexual, es millonario.
Ningún profesional. Su imagen escuálida y cara de niño a pesar de sus 22 años, poco tiene que ver con el tipo consagrado en las películas XXX y más bien representa una mala versión de sí mismo, siempre quejándose de lo que es, con exageradas pretensiones de lo que no es.
Se pasea sobre todos y los mira desde lo alto, apenas arribita de sus narices, les enseña su dinero, arrugado, sucio, pero suyo al fin.
"Todos los días llega al albergue presumiéndonos su dinero, su orden de tacos que se compra y que ni siquiera se termina y en lugar de dárnosla a nosotros, que me cae no tendría comparación con la mejor pierna horneada, el bato la tira por puro capricho, por puro presumir que sí tiene y nosotros no, como diciéndonos a cada rato ‘yo soy el chingón del lugar’" dice Gerardo de 25 años, subempleado que sobrevive vendiendo chocolates en los urbanos y alimentándose de los comedores gratuitos.
"Yo soy el chingón del lugar" el diferente, el que rasca la línea para estar del otro lado, el que niega lo que es, el que ya no quiere ser. Lo veo y descifro desde mi lugar una resistencia a pertenecer y ser como sus compañeros, que se traduce en un nuevo nivel de marginación con la tendencia de presionar a quien está debajo de nosotros, a quien no es igual que nosotros.
"Siempre anda con esos aires de control, de acá muy machín, pero todos sabemos que el güey no sabe ni dónde está parado, todo desesperado por encontrar un lugar donde pisar macizo".
Nadie sabe con certeza de dónde viene, lo único que es del puerto, que algún día decidió dejar la calle y dormir en el albergue, sus conectes con el ingeniero Toño y los mejores sitios para encontrar pastas y marihuana a buen precio cerca de la calle Canal, a unas cuadras del lugar.
Todos lo respetan por ello, al menos quienes urgen de sus relaciones para aguantar el día en la banqueta. Pero sabe que ahí termina la relación. Porque ni el dinero ni las cenas envidiables son suficientes para mantenerlos cerca.
Antagonismos de clase que crean una subcultura, la de los excluidos y marginados, quienes desde su trinchera protagonizan conflictos por la disyuntiva de pertenecer a un grupo que muchas veces, por las condiciones, reniega de su propia existencia.
"Por eso todas las noches termina solo, tirado en el suelo viendo los últimos programas de la tele, riéndose de que nos vamos, de lo que le sucede" dicen los demás de José, a quien difícilmente le sorprende su propia historia.
José el flaco, el prieto quemado de la cara, el de pelos tiesos y disparejos, dientes despostillados; el del cuerpo curtido como lienzo viejo, el de brazos arañados, dorso tatuado, el de pecho navajeado, el lacio, el pobre, el de ojos rojos y mirada vacía como buscando un lugar dónde aterrizar.
Y mientras lo encuentra bajo la banqueta, en las navajas oxidadas que raspa sobre su piel, en la cartera del ingeniero Toño y el dinero que no tienen los demás, la vida sigue sin esperarlo. Y se va quedando a un ladito, como todas las noches, tirado con su soledad.

LAS NUEVAS REGLAS DEL JUEGO
Estamos en el patio. El policía dejó la reja de la entrada, sorteó algunos tipos tirados en el suelo y caminó hasta José, demasiado cerca para enseñarle desde sus bolsillos, un paquetito de billetes. Es quincena.
"Vamos por unos tacos, ándale" le dijo el poli, él sin dudarlo y olvidando que ya había cenado una orden de tacos de maciza lo siguió. Los que se quedaron protestaban por la mois y lo despedían con un "móchate".
La Güera, trabajadora del DIF a cargo de la vigilancia junto con el uniformado, se quedó pendiente haciéndole el paro mientras él salía. José y él se fueron y no volvieron hasta 40 minutos después. Ahí nos quedamos todos. Yo, adivinando el encargo y los otros, saboreando lo que estaba por venir.
Más allá de los límites jerárquicos, de las leyes, de la autoridad, el ser humano se apropia de los espacios y escribe las nuevas reglas del juego. La disciplina, la vigilancia, protagonizadas por el policía y la Güera, dan su brazo a torcer a cambio de pertenecer al grupo. No somos islas y somos, por naturaleza, seres gregarios. Un trueque por conveniencia dentro del juego de la marginación.
Llegaron con tres platos envueltos en papel aluminio y dos botellas de refresco jarochito sabor naranja y piña. El poli y la Güera se fueron a la caseta a cenar mientras que José comió sus tacos, otra vez, frente a los demás sin ofrecer siquiera la olida.
"No te hagas pendejo, ya móchate" le reclama Vicente y acto seguido José le muestra el plato vacío. "No hablo de tacos, saca la mois, la mota, la verde". José ríe y lo ignora, pero rebusca entre los bolsillos del short que vestía y saca un pedazo de la sección policiaca del Notiver, de ahí dos cigarros de marihuana.
Para romper la legalidad se utilizan tácticas de una razón que escapa a la Razón Occidental. Para justificarse la Ley inventó el underground. Por antonomasia, el modo de vida outsider es proscrito.

DOMINÓ: EL "BREAK" LÚDICO
"Vivir era correr buscando un lugar dónde meter la vida"
Paco Ignacio Taibo II en Cosa Fácil

La película terminó y con ella todos nos dispersamos, los cuerpos arrastrados bajo la sombra deambulaban hacia los dormitorios, otros a medio vestir y sin bañar todavía se quedaban nomás mirando la paredes amarillas, pensando, hilando, tal vez, cómo fue que la vida los trajo aquí sin darse cuenta, sin preguntarles, sin darles otra opción, nomás orillándolos poco a poco hasta dejarlos en este lugar, en medio de un país convertido en un gran estadio que gira al ritmo de un partido de fútbol, o peor aún, como pirinola, tratando a lo tarugo de encontrar su lugar en el universo del toma y daca, en un escenario que pretende a los individuos como sujetos productivos en un proyecto neoliberal, que utiliza como coartada la noción del Bien Común. Nuevamente se queda pendiente el asunto de las minorías.
Al fondo del patio una pareja de viejitos jugando dominó me invitaron una ronda a cambio de un cigarro. Una mula más en la partida. Don Goyo repartió y comenzamos a tirar las fichas sobre la mesa una a una hasta quedarnos con dos cada quien.
La autoridad del albergue permite ciertas prácticas "recreativas" como muestra de caridad, pero todas ellas reguladas dentro de los márgenes que no amenacen su control.
"Yo traté de matarme ocho veces" dijo al tiempo que cerraba con la mula de tres la partida y remangaba su camisa mostrando la cicatriz del que rumia la muerte. Tragué saliva, con ese movimiento perdía el juego, pero no era eso lo que importaba.
La última vez estaba en su ronda de policía. "Me habían avisado de un suicidio, mi corazón brincó porque nunca me había enfrentado a la muerte, no de esa manera. Tenía miedo, mucho miedo y además estaba solo.
"Entré a la casa, ubicada a 2 cuadras del centro histórico, que apenas era un cuartito y no quise ver el cuerpo, mejor me puse a revisar las paredes y los muebles tratando de encontrar alguna evidencia, una grabadora vieja, casetes con música de banda, una foto familiar... todo me conducía a él.
"El cuerpo del hombre tirado en el suelo. Retorcido y junto a su mano, un frasco de veneno. Lo pensé nomás tres segundos, me agaché y mientras lo hacía me imaginaba mi cuerpo tirado junto al de ese desconocido que en tres segundos más, iba a ser mi compañero.
"Tomé el frasco con las dos manos para darme fuerza. Yo ya no era un policía, era como ese tipo muerto a mis pies. Me sentía más sólo que él y me daba envidia, envidia de su muerte".
Más allá de lo veraz o verosímil, el relato permite que le dé sentido a su vida. El drama humano se convierte en puente con los otros, por donde pasa la autocompasión, el acto de rendición y sus justificaciones.
Goyo siguió la plática al mismo ritmo que revolvía de nuevo las fichas de dominó. "Incliné el frasco sobre mis labios y tomé aire para agarrar valor. No debí pensarlo, apenas sentí la humedad del líquido y alguien lo arrancó de mis manos, era mi compañero uniformado que había llegado con los refuerzos. Me sentí como un fracasado, frente a mí, frente a la muerte".
En sus ojos se ve la certeza de lo que cuenta y las claves de su decepción. A sus 72 años ya no hay historias increíbles ni finales impredecibles. A una vida hecha, le depara un lugar en el olvido.
Nadie imaginaría lo que hay detrás de cada jugada, lo que carga en esos costales de 10 kilos cada uno, con sus pantalones azules de siempre, su camisa rayada, su dentadura nueva, a la que todavía no se acostumbra.
En plena subjetividad desatada, contó que fue alcalde en Omealca, Veracruz, llegó a ser médico de puro leer libros, y que desde los 6 años trabajó vendiendo refrescos. En el ejército ganó dos veces el primer lugar de tiro al blanco y recuperó su fortuna perdida por la bebida ganando un concurso de albures, lo que entendí como una mesa de juegos.
En el albergue no es más que otro, tan callado, tan obediente. Siempre mirando a quienes no son como él, con esos ojos que critican mientras juega al dominó. En los 7 meses de llegar todas las noches y vaciar sus costales, poco ha cambiado.
Es el mismo tipo que camina 6 cuadras a la avenida 5 de Mayo, en el corazón de la ciudad, para tender su puesto de dulces y poner su consultorio de huesero, el mismo necio que mantiene las consultas a 300 pesos, aunque nadie se pare ni siquiera a leer el anuncio de cartón, escrito con faltas de ortografía.
Lo miro jugando dominó como si no hubiera otra cosa en la vida. Puedo pensar que después de todo esto, de intentar 8 veces quitarse la vida, se cansó de apostarle a la muerte. Pero Goyo sabe que no es así. Que decidió seguir. Aún me cuesta entenderlo. Pero cuando lo veo leyendo el evangelio a los otros que son como él y se pone contento porque con todo y sus loqueras atinan a encontrar a Dios, sé que hay algo más grande que la muerte y la soledad. Y en él, se llama esperanza.
Revelación que descubro autocomplaciente: ¿qué diferencia hay con la sonrisa tranquilizadora en las fotos de los periódicos y mi gusto en descubrir atisbos de esperanza en la miseria?.
Lo lúdico, la religión, esos placeres tan ajenos, existen a pesar de los pesares, en la marginación. La cultura es la celebración del ser, de las identidades. Jugar, creer, es buscarse un lugar en la vida.

CONCEPTOS, EL CONTROL
En esta plaza las estadísticas se quedan cortas. Su eficacia no encuentra molde y nomás hace la finta de solucionar problemas. A los que ya no puede, los ignora, les echa la culpa de sí mismos "son porque quieren ser". La idea más generalizada de la pobreza, manifestada en las formas de medición, tiene que ver con la carencia o escasez de bienes materiales. Algunos autores conceden al concepto la atribución social, otros más lo diferencian con la marginación y exclusión. De cualquier manera el objetivo es el mismo: reconocer su parte cultural.
Con una postura intermedia que alude a cuestiones de participación política, el Consejo Nacional de Población (Cortés, 1998) entiende por personas marginadas a aquellas que
Pertenecen a una sociedad en la que por diversas causas, la organización socioeconómica y política vigente, la mantiene dentro de una economía de subsistencia y la excluye total o parcialmente del acceso al consumo y disfrute de bienes y servicios y de la participación en los asuntos públicos, por debajo de los estándares mínimos.
Con más elementos, pero sin dejar de lado la abstracción que conduce a la ambigüedad con mayor precisión, Greenspan define a la exclusión y la marginación referente a las esferas culturales y políticas, a la desigualdad de género, discriminación por raza o etnia, derechos humanos, ciudadanía, es decir, hace referencia a las condiciones de vida de la población en los aspectos culturales, demográficos, sociopolíticos, territoriales y ambientales, así como a la ampliación y consolidación de la democracia.
Boltvinik (2003) critica tres formas de exclusión social que la medición de Fox no consideró: la pobreza o exclusión de una vida digna, el individuo carece de posibilidades de elección además del rechazo y discriminación de la misma sociedad que no lo reconoce como uno de ella; el desempleo, carecer de una forma aceptada de ganarse la vida, reconocida por los ciudadanos y que otorgue la posibilidad del desarrollo profesional y los rechazos en la educación, exclusión del saber y la movilidad social.
Desal (1969) considera cinco dimensiones del concepto: la ecológica, habitan círculos de miseria; sociopsicológica, no tienen capacidad para actuar y no reciben beneficios sociales, al mismo tiempo que carecen de una integración interna y con esto del potencial de automejoramiento voluntario y racional; sociocultural que incluye bajos niveles de vida, salud, educación y cultura; económica, empleos inestables o inexistentes e ingresos de subsistencia y política.
La pobreza cultural con sus antagonismos de clases, problemas sociales y necesidades de cambio, viene a ser el factor dinámico que afecta la participación en la esfera de la cultura nacional creando una subcultura por sí misma, la de los excluidos y/o marginados (Lewis, 1997. P. 17).
Es evidente que la pobreza no es sólo material. Los niveles básicos de bienestar implican la atención de requerimientos esenciales para la salud, la alimentación, la vivienda y el vestido. Pero además existe una dimensión cultural que va más allá incluso del acceso a la educación formal. El derecho a ser ciudadano, el derecho a ser minoría en la ciudadanía. El derecho a los derechos humanos.
DORMITORIOS: LA HORA DE LOS INSOMNIOS
La noche que la conocí, doña Margarita era la única despierta en la habitación. El fresco había mandado a todas temprano a la cama y la luz dormía, dejando el lugar en una tranquila penumbra. Afuera las voces de algunos, todavía despiertos, rompían la armonía de los dormitorios.
Prácticamente no se veía nada. De no ser por la silueta blanca meciéndose de un lado para otro, no me hubiera percatado de su presencia. Yo tampoco tenía sueño. Sólo quedaba un espacio vacío y era junto a su cama.
No hubo necesidad de presentarme. Ella inició la plática convirtiendo sus murmullos en palabras. Estaba rezando, pero ya ni el efecto amansador de la oración le quitaba la inquietud. Aún así se perdía en esa relajación por medio del rosario y la oración, semejante a un árabe en el desierto. O quizá era simple rutina. Rutina de lamentarse de su propia historia, de sus 28 años de matrimonio con un hombre desconocido, finiquitados cuando él la corrió de la casa. Y que la terminaron de matar el día que se enteró de la acusación que sus hijos le hacían de querer matar a su padre.
"Él está ganando la gloria terrenal, pero está perdiendo el alma, y lo más grave es que también a Dios", dijo.
Yo no entendía sus palabras, era como si escuchara a una muerta, ni siquiera sabía si me estaba hablando a mí, pero en una noche en que lo último que se quiere es el insomnio, ambas nos adoptamos como compañía.
"Fueron 28 años de algo que nunca existió, de ser invisible, vejada, utilizada...".
¿Qué es una mujer a sus 58 años de edad a quien el odio le arrebató la vida? ¿Qué más puede soportar cuando al final del camino voltea y se da cuenta que no ha quedado nada?
De un momento a otro, esta mujer que parecía tener una vida hecha se encuentra del otro lado de la línea. De su casa al albergue, de la familia a la soledad. Todo el día permanece dentro del dormitorio, como evitando el contacto con quienes ella consideraba "diferentes", los "Otros" y sin más, en un chasquido, parece que se ha convertido en una de ellos. Dice que para sobrellevarla en este lugar, con todo y lo que son, los tolera.
Margarita tiene un mes en el albergue. Se ha ido adueñando del lugar con sus bolsas de ropa, sus trastes de comida, su Biblia; se apropia de la noche con el insomnio, los rezos y, a veces, el llanto que no se escucha. Como si en este espacio en la esquina del dormitorio y sobre una colchoneta desgastada pudiera acomodar y reinventar la vida que se le fue, la vida que no vivió, la vida sin eso que llaman derechos humanos, y que a ella le suena tan sin sentido como la cáscara que le dejaron a manera de vida.
"No voy a decir que fui una buena madre y esposa, porque no se trata de lo que fui. No voy a preguntarme tampoco qué hice mal o por qué Dios me ha castigado de esta manera. De todos modos, aunque lo hiciera, nunca podría entender por qué mi esposo me echó de la casa, tal vez porque nunca trabajé".
Los golpes marcados en la piel, los insultos y la vergüenza de no tener un lugar, no se comparan con la culpa que sus hijos le echan de querer matar a su padre.
"A mi ese cabrón no me importa, porque nunca fuimos nada. Pero mis hijos que se llevaron una parte de mi... ellos son lo que más me duele".
Debajo de los lentes de botella los ojos se le ven más hinchados aún. Habla tenso, con los dientes apretados y casi nunca sale del cuarto.
Es la única del albergue que puede permanecer todo el día internada. Dice que habló con el director del lugar y, compadecido por su caso, le dio permiso de vivir en él, mientras se resuelve la denuncia que puso en contra de su marido por violencia intrafamiliar.
Después de las 8 de la mañana se arregla y ayuda en el aseo de los cuartos, duerme otro rato. Más tarde sale a comer con una comadre y en ocasiones asiste a pláticas de autoestima y sesiones psicológicas.
Todas las noches el ritual consiste en cepillarse el cabello, arreglarse las uñas de los pies, extender su ropa sobre la cabecera para que no se arrugue, preparase una taza del complemento vitamínico que le regaló el DIF y leer la Biblia. La única variedad es el sabor de su bebida: plátano o natural.
Con todo lo que le ha pasado no se atreve a ver su futuro más allá de la noche que le espera en insomnio. No sabe cuánto más durará. Sólo pide a Dios es un corazón duro para aguantar.
La marginación no es algo con lo que siempre se nace. Devora, absorbe, gana terreno cada vez que nos vence la intolerancia. Y las mujeres suelen ser objetos de una doble marginación: socioeconómica y de género. Otra vez la sombra de los derechos humanos

LA CALLE, EL CAMPO DE BATALLA
"La suerte ha dejado aquí de andar fallando, se encendió la luz y puede verse el caos"
Francisco Urondo

A las siete de la mañana la luz nos despertó como una bofetada. La placidez y certeza de la vida se quedaba bajo las sábanas blancas, perdida entre las arrugas de la cama. Otra vez a moverse como sombras, de nuevo al campo de batalla en una guerra que parecía no ir a ningún lado. Es hora de partir.
En la puerta, la Güera los despide con la misma prisa con que espera a que den las 8 de la mañana para retirarse. Les arregla el cuello de la camisa, les acomoda el cabello y les da una palmada en el cachete. Todavía se sienten los gritos que apenas unas horas atrás echaba para controlarlos.
-¿Cómo le haces para aguantarlos?- pregunto antes de salir.
-Yo a estos muchachos los quiero un chingo, aunque sean una bola de cabrones.
A las ocho de la mañana el lugar queda vacío. Las calles amplias como mares y la ciudad, que una noche atrás se había quedado sola, los recibe con la misma repulsión que ellos desquitaron el día de ayer.
Vicente y yo nos dirigimos al comedor gratuito de la Iglesia del Cristo, a unas cuantas cuadras del albergue, caminamos entre los charcos y mientras yo calculo lo que perdí en la mochila, él resta los días que faltan para llegar al sábado. El tiempo no es más que un montón de obsesivos días interminables, porque después de medio mes de trabajo, por fin le iban a pagar.
Le dicen Vicente pero se llama Rodolfo. "Así me puse porque no sabía cómo me llamaba hasta que a los 22 años conocí a mi mamá y me dijo mi verdadero nombre", como si fuera cualquier cosa. Ahora tiene 27.
No recuerda ni siquiera cómo llegó a la calle. Su imagen a los 6 años arriba de un tráiler que lo llevaba de Puebla al Distrito Federal es lo primero que tiene en la memoria. Desde ese momento sus días transcurrirían de un lado para otro.
Se deduce que llegó a Veracruz huyendo de la helada ciudad de México, porque en este puerto no se muere nunca de hambre ni de frío.
"Cuando me raye lo primero que voy a hacer es comprar un pollito bien caliente"
Numeralia de su vida: 3 hijos, 5 mujeres, 3 ciudades diferentes como hogar, e incontables las veces que ha estado en prisión.
Vicente llega todas las noches salpicado de cemento, la camisa hecha bolas en la mano, los tenis forrados de material, al igual que sus shorts y los pequeños ojos alargados delineados por gotas de yeso. Llega oliendo a humedad y mezcla con sopa Maruchan.
"Hasta la madre después de darle doce horas a la chamba y aguantando a un cabrón que no sirve ni para dar órdenes", explica generosamente con sus propias palabras.
"Loco, el sábado vamos a tomarnos unas cervezas y a nadar a la playa".
Se sienta frente a la tele, sin prisa por meterse a bañar, con el resto de los internados que ven la película "Un embrujo". No tiene ni siquiera dos minutos que tomó su lugar cuando el protagonista aparece en la versión de Vicente a los 14 años.
A esa edad entró a la cárcel por primera vez. Vivía en la calle. Una redada y nadie que reclamara por él lo llevaron al penal de Allende, "antes de que te pierdas como el resto de los demás", se molestaron en explicarle los custodios.
Un tipo negro, que desde los 14 años de Vicente, parecía de 5 metros, con la fuerza de 3 hombres juntos, deforme, monstruoso, se encargó de darle la bienvenida. La escena, por demás grotesca, transcurrió con él de rodillas, una navaja clavada en el cuello y varios internos a su alrededor haciendo fila. Después de 20 minutos el niño violado, chorreando lágrimas, logró escapar.
Sin alternativa, volvió para habitar en la calle y, como el resto de su flota, aprendió a sobrevivir en un lugar en donde nunca se duerme, donde la vida no va más allá de los siguientes minutos y que además, no acepta apuestas mínimas.
"Ya nomás faltan 2, 3, 4... 5 días para que me paguen y de ahí, al "Tablajero" por unas nenas bien sabrosas". Seguimos brincando entre los charcos hacia el comedor gratuito.
Lleva 8 meses viviendo en el albergue nocturno interrumpidos por las noches que tiene para pagar, con una mujer, cuarto en el hotel "El Bosque" a 40 pesos; o aquéllas en que él y otro grupo de muchachos juntan para una habitación en el motel equipada con películas porno y un paquete de cacahuates sobre la almohada.
"¿Hasta cuándo pienso vivir aquí? No pienso vivir aquí. El lugar está tranquilo, la gente es buena con nosotros, pero quiero rentar un cuarto. Quiero sentir que algo es mío, tener la libertad de dormirme a la hora que sea, de platicar con alguna morra sin que nadie me diga lo que tengo que hacer. Tengo 27 años y no hay ninguna diferencia de cuando tenía 10, la vida se me sigue yendo y es bien cabrón no encontrar un lugar que sea tuyo para agarrarte".
"A ver si el sábado temprano podemos ir al mercado para comprarle algo a mi sobrina, se lo voy a mandar a ver si llega antes de su fiesta".
A sus tres hijas no las ha vuelto a ver. A dos de ellas ni siquiera las conoce. Quedaron atrás, con el resto de los días que se mueren al nacer el siguiente.
Vivimos en un país que presume de ser democrático, incluyente y respetuoso de los Derechos Humanos. Pero la desigualdad, marginación, pobreza y exclusión impiden el desarrollo pleno de la libertad, característico de toda democracia. Incluso presenta rasgos de coerción: la regla de la mayoría, elemento necesario en las democracias constitucionales que, sin embargo, falla cuando a la mayoría lo une un cierto interés y los derechos de las minorías corren peligro; la exclusión y sus criterios para decir quiénes son ciudadanos y la anulación de alternativas reales para elegir entre varias formas de vida (Dieterlen 2001).
¿Qué puede decidir un muchacho cuyo primer recuerdo transcurre en dejar la calle y huir de su ciudad trepado en un trailer a los 6 años? ¿A qué trabajo digno puede aspirar si no existe más allá de los ojos de sus compañeros porque no tiene domicilio ni siquiera acta de nacimiento, porque no es "ciudadano"?.
Llegó el sábado. Vicente se levantó antes que todos. Se metió a bañar y se lavó el cabello con el paquete de shampoo que compró la noche anterior. En una bolsa lleva sus shorts llenos de cemento, ahora viste unos nuevos que le costaron 75 pesos y una camisa color naranja.
Al llegar al Mercado de Artesanías, donde estaba la obra que trabajaba, el "cabrón que no sirve ni para dar órdenes", su jefe, le cortó las alas.
-¿A dónde? Todavía falta que termines la pared izquierda.
-Quedamos que para la siguiente semana.
-No, no me acuerdo. Hazlo hoy. Y por favor checas los remates de los arcos y vuelve a repellar la pared que hiciste ayer porque la mezcla quedó granulenta.
Son las 10 y media de la noche del sábado y Vicente acaba de salir de trabajar. Tiene el cuerpo salpicado de cemento que le tapa las cicatrices, el cabello hecho pasta, la camisa arrugada bajo el brazo y sus shorts nuevos sin ninguna diferencia de los viejos. El tiempo volvió a ser un montón de obsesivos días interminables.

SOBRE LAS RUINAS DE LAS CERTIDUMBRES
"Aquí funciona la ley del más fuerte. Hablan de constitucionalismo, es una palabra bonita, sonora, pero ni siquiera sé que quiere decir. Para mi tengo que vivimos en medio de la violencia y el egoísmo. Vivimos de prisa y tenemos que estar constantemente en guardia" Roberto Sánchez, en Los Hijos de Sánchez de Oscar Lewis.

Las ideas antagónicas del marxismo y el neoliberalismo coincidían en la promesa de modernización y desarrollo del individuo en un plano colectivo o individual, respectivamente.
El rimbombante adjetivo de México como una república democrática, en plena pretensión de la modernidad, tampoco fue suficiente para que el ideal de los Derechos Humanos se cumpliera: más de la mitad del país vive en condición de pobreza y más allá de la carencia y acceso a bienes materiales, la desigualdad social, la exclusión de las minorías, la falta de oportunidades son historias de todos los días cuyo rostro se ve en los clientes del Albergue Nocturno del DIF Municipal de Veracruz, en la calle, en los ciudadanos de a pie, en los hogares con violencia, en los estudiantes que no alcanzaron matrícula, en los artistas y deportistas sin espacios, en los desempleados, en quienes pasan dos terceras partes de su día en un empleo de burla social, en los presos, las prostitutas, los policías, los niños que trabajan y los que sólo conviven con la tele, el internet y el nintendo, las madres solteras y los hombres solitarios, en los indígenas, campesinos y migrantes, en los enfermos, los moribundos y los homosexuales, entre otros.
Vicente y yo regresamos caminando hacia el albergue tejiendo entre calles y callejones para hacer tiempo. Ninguno de los dos quiere llegar. Lo veo con su ropa llena de cemento, contando, calculando, escucho lo que no hizo con su dinero, fracasado y sin sábado que le dé esperanza, lo veo mirar las grandes tiendas, lo oigo hablar de sus hijas, lo pienso en el albergue junto con sus compañeros, todos como sombras.
Vamos sorteando urbanos llenos de gente apresurada, carros relucientes porque se acerca la
hora de la fiesta, del reventón, oficinistas disfrazados de galanes sabatinos se cruzan frente a nosotros, adolescentes maquilladas que en unas cuantas horas serán conquistadas con la rosa y la copa, la ciudad se enciende, se agita, se transforma, vibra, y mientras, nosotros caminamos entre construcciones y tiendas, a cada instante más grandes, más bonitas, más brillosas... más lejanas y más ajenas...
Miro a Vicente y pienso si le gustaría ser como ellos (como nosotros), si desearía surcar las calles a toda velocidad, salir del rincón en la banqueta, de la sombra, tirar su ropa manchada de cemento y mandar al carajo a su jefe. Pero miro de nuevo alrededor y veo a la ciudad tras bambalinas, ya sin maquillaje, veo el maratón tras el coche nuevo cada año, la vida a cuentagotas, la seguridad clasemediera, el cine del domingo, el amor de cartón, la casa y el sexo de cartón, la esposa, el esposo, los hijos, el sueldo, la quincena arañada, la carrera, la corbata que asfixia y las medias que gangrenan, la risa que se va, el tiempo sobre los hombros. Volteo de nuevo y lo veo y no sé entonces, no me atrevo a asegurar cuál es el juego que vale la pena jugar.
¿Qué derecho tenemos nosotros a cambiar al otro en aquellos casos en que la diferencia se mezcla con la desigualdad? ¿Hasta dónde tenemos derecho a establecer formas, estilos y valores de vida a los "Otros"? ¿Les podemos ofrecer un mejor lugar en "nuestra" sociedad? ¿Dónde queda el derecho del "Otro" a ser y pertenecer?.
Un gobierno democrático debería propiciar el desarrollo individual y comunitario de los individuos, pero las políticas públicas siguen teniendo como pilar el carácter económico a la vez que rezagan su perfil ético. Con ello se mantienen sólo como medios para justificar lo contradictorio entre el reconocimiento de los valores sociales de libertad e igualdad y la presencia de desigualdades, culpando de la pobreza a los mismos individuos o grupos y a su cultura.
La estratificación por clase, raza género, las limitaciones objetivas y las decisiones históricas restringen las opciones de algunos grupos. Los pobres y marginados están incluidos en el sistema productivo, pero no reciben ningún beneficio porque son excluidos de las esferas de participación y poder, porque no tienen voz: el requisito para la dominación de algunos, es la exclusión de muchos.
Sería cosa fácil considerar el cumplimiento del derecho a ser y pertenecer a la comunidad "rescatando" a los grupos marginados y excluidos de las sombras, pero estaríamos a la vez limitando su capacidad y derecho para decidir primero, si quieren hacerlo y después, el papel que quieren desempeñar.
Los derechos humanos encuentran en este escenario un espacio que debe reconocer el derecho de los "Otros" a vivir integrados, sin coartar su libertad de elegir cómo quieren hacerlo.
Plantear el desarrollo y la igualdad con los "Otros" a partir de la mirada de quienes los hemos excluido, es regresar al punto de partida, en donde decidimos liberarlos para cumplir con los requisitos que exige ser una sociedad democrática.
Pero es evidente que nos empeñamos en construir un país sobre edificios a punto del derrumbe y falsas certezas, con políticas asistencialistas y una actitud redentora, cuyo principal objetivo pareciera ser no propiciar las condiciones de igualdad, sino celebrarnos a nosotros mismos.
Esta actitud hacia los "Otros" no deja de ser lo que Freire (1997) llama "falsa generosidad", la sociedad tiene necesidad de que la situación de injusticia permanezca a fin de que su bondad continúe en la posibilidad de realizarse, de justificarse.
Pero los mismos excluidos encarnan en su ser la necesidad de oprimir para sentirse liberados. Mientras ese afán de dominar y modificar al "Otro" o a quien nos somete no sea eliminado, no lograremos vivir en una sociedad libre que garantice el cumplimiento de los Derechos Humanos, el desarrollo pleno del individuo en y con su comunidad,
La propuesta entonces no es "rescatar" a los pobres, marginados y excluidos, porque pretender la liberación, sin que intervengan en su reflexión, es transformarlos en objetos que deben ser salvados, es hacerlos caer en el engaño populista, es pretender incorporarlos con mecanismos de domesticación.
Freire reconoce que una liberación vertical nunca será posible porque el opresor siempre mantendrá esa falsa generosidad hacia los "Otros". Por el contrario, el proceso debe surgir desde abajo, desde la lucha entre los excluidos, quienes decidirán entre ser ellos mismos o ser duales, entre expulsar o no al opresor que llevan dentro de sí, entre seguir prescripciones o tener opciones, entre actuar o sentir que actúan en la acción de los opresores.
El mismo mecanismo debe darse en los opresores. Solidarizarse con los "Otros" no es tener conciencia de que explota y "racionalizar" su culpa de manera paternalista va más allá de la caridad que mantiene la dependencia. La solidaridad exige asumir las condiciones del otro, reconocerse en él, verlo como hombre concreto que sufre, despojado de la palabra y en un ambiente de injusticia.
Este proceso encierra una nueva limitante. Los mecanismos de diálogo. ¿Cómo puedo dialogar si me admito como un hombre diferente, virtuoso frente a los otros, que son meros objetos en los que no reconozco otros "yo"?.
Los medios de comunicación constituyen un espejo de la sociedad y, a la vez, sirven de puente entre gobernantes y gobernados. Su irrupción impide el diálogo vertical y horizontal y ha provocado un monólogo de arriba hacia abajo.
Hasta ahora estas líneas de diálogo han servido a los grupos de poder y se han mantenido en la dinámica de oprimir y liberar a conveniencia.
Hablar de democracia y callar al pueblo es una farsa, hablar de humanismo y negar a los hombres, una contradicción. Mientras no existan medios y puentes verdaderos, no habrá diálogo, sin diálogo no hay liberación. Por eso las bases para el acercamiento deben fundarse en razones diferentes a la lógica de acumulación y ganancia.
Sólo en esta lucha paralela de la sociedad y los excluidos será posible la libertad, pero para lograrlo es indispensable que las esferas de poder, que la sociedad misma, que cada uno de nosotros, tomemos conciencia de esta exclusión y nos reconozcamos en los "Otros", que seamos capaces de asumir la responsabilidad que este proceso exige y eliminar nuestra posición "liberadora" que nos mantiene en un círculo de autocomplacencia y nos impide regresar a los "Otros" su voz, reconociendo su individualidad, su derecho a ser.

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